La palabra existe en diversas formas: hablada, escrita, pensada. Lo más habitual es que hablemos y pensemos mientras estamos conscientes y, quizá, en un menor grado nos dediquemos a escribir a menos que ese sea nuestro oficio, o bien si así lo requiere nuestro ambiente en el que nos desenvolvemos. La palabra tiene un gran poder capaz de materializar lo que expresamos. Muy probablemente usted ha sido testigo de frases como:

  • Me voy a enfermar.
  • Este negocio no va a salir bien.
  • La mala suerte me persigue.

Y “casualmente” se cumple lo que se dice. Quiero decirle que no se trata de casualidad sino de poder. Por eso es importante seleccionar las palabras con que hablamos y pensamos. Por medio de las palabras cambiamos nuestro estado de ánimo, nuestra personalidad, nuestra “suerte”; en pocas palabras, por medio de las palabras definimos los acontecimientos que nos rodean. Dice la Escritura:

“Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado” (Mateo 12:37)

El término “justificar” tiene que ver con rectitud, con resultados buenos provenientes de nuestros actos, del hablar o pensar positivamente. Por otro lado, el término “condenado” se relaciona con una sentencia generada por hechos y resultados reprobados. Entonces, ¿qué podemos deducir respecto a la frase del Evangelio de Mateo? Lo que yo hable y piense se cumplirá indudablemente en mi persona sin importar que mi intención sea para otros. Si hablo y pienso bien entonces buenas cosas, o justicia, acontecerán para mí; por otro lado, si hablo y pienso mal entonces malas cosas, o condenación, acontecerán para mí. Observemos que yo soy el juez de mi propia persona, yo soy quien juzga y dicta sentencia para mi mismo por medio de la forma en que me expreso y pienso diariamente. ¿Cómo soluciono esta situación? La respuesta es lógica: cambiemos nuestra manera de hablar y pensar, cambiemos las palabras con que nos expresamos y pensamos continuamente. Ciertamente no es fácil deshacer la costumbre de expresarnos inapropiadamente que quizá hayamos estado practicando durante muchos años, pero todo es posible si usted está consciente de su rutinario hablar y pensar, y además tiene el deseo de cambiar las circunstancias que le suceden actualmente. Por medio de la palabra edificamos o destruimos, bendecimos o maldecimos, levantamos el ánimo o desalentamos. Además, por medio de la palabra es posible generar cambios en nuestra personalidad negando aquello que es indeseable en nuestro comportamiento y reemplazándolo por una característica positiva. Si usted tiene rencor hacia una o más personas entonces debería reemplazarlo por perdón, si tiene odio entonces sustitúyalo por amor, si tiene temor entonces cámbielo por fe. Ore y/o medite a solas rechazando aquellas características de su comportamiento que le obstaculicen, y dé la bienvenida a  las que le conducirán al éxito. Rechace el odio, el temor y la duda, el rencor, la ira, la impaciencia y el estrés, la soberbia y la arrogancia, la maldad; cámbielos por amor, fe, perdón, dominio propio, paz y paciencia, humildad, bondad. La palabra va más allá de lo que comunicamos con nuestra boca, la palabra también se encuentra en lo que pensamos, en lo que deseamos, en la manera en que miramos, en nuestras intenciones, en nuestros actos. En resumen, es necesario cuidar toda aquella información que sale de nuestro ser hacia nosotros mismos y hacia los demás.

Con la palabra es posible crear una nueva vida, Dios creó con la palabra, Jesús sanaba con la palabra; usted tiene los mismos atributos que Dios porque somos imagen y semejanza de Él. Trabaje en esto y no se desanime, por el contrario, tome un descanso y siga adelante durante el tiempo que sea necesario hasta lograr el objetivo. Persevere y verá resultados.