La verdad puede ser un concepto difícil de definir debido a que cada persona tiene su propia perspectiva al respecto. La verdad es comparable a la luz y la mentira es comparable a la oscuridad. Cuando usted entra a un lugar en total oscuridad, solo basta con encender una luz para que todo se aclare y pueda moverse libremente. En un ambiente oscuro es difícil transportarse y, si hay obstáculos, seguramente usted tropezará más de una vez y posiblemente hasta se lastimará. Por el contrario, en un ambiente iluminado, podremos desplazarnos con libertad, confianza, rapidez y efectividad. Los valores que nos rigen son comparables a la luz y a la oscuridad porque la calidad de estos definen la calidad de nuestra vida. Muchos de los valores que adoptamos son efímeros, no perduran a través del tiempo y, de hecho, en ocasiones son tan breves que nos obligan a cambiar nuestros puntos de vista respecto a ellos frecuentemente, lo que trae consigo inestabilidad. Además de ser efímeros, pueden también estar restringidos a cierto contexto geográfico, lo que los hace aún más insignificantes. Tomemos como ejemplo la moda, la cual cambia constantemente estableciendo colores y estilos según la temporada, y por si fuera poco, esta puede ser  diferente de un lugar a otro. El tipo de valores que establece el hombre se caracteriza por ser breve y local, lo que  significa que no permanece por mucho tiempo y además pertenece a cierto espacio geográfico. Por otro lado, existen valores con atributos eternos y universales, y esto implica que perduran por siempre y en cualquier lugar, su significado no cambia y,  por lo tanto, ofrecen un camino estable en el recorrido de nuestra existencia así como también nos proveen de una vida plena. Dice la Biblia lo siguiente:

Dijo entonces Jesús a los judíos que habían creído en él: Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres. (Juan 8:31-32) 

Esta porción de texto muestra una condición, la cual al ser cumplida, tiene como consecuencia un resultado. La condición se trata acerca de permanecer en la palabra que él habla, de basar y conducir nuestra vida de acuerdo a los conceptos que él está comunicando. Jesús afirma que el modelo de vida que propone es el verdadero y no un paradigma más, él asegura que los conceptos que transmite nos permiten conocer la verdad universal y única. ¿Pero, cuál verdad? Pues la verdad de cómo vivir, la verdad de cómo comportarnos, la verdad de cómo hablar, la verdad de cómo pensar, la verdad de cómo actuar; en pocas palabras, la verdad del andar por la vida. ¿Y el resultado? El resultado es la libertad. No estaremos atados a valores superfluos, cambiantes, inestables, que provocan ansiedad, estrés, inseguridad, infelicidad, baja autoestima; en resumen, una falsa identidad que gobierna nuestra personalidad. Por el contrario, los valores verdaderos producen paz y paciencia, certeza y convicción, felicidad y gozo, dominio propio, fortaleza y entereza, éxito, excelencia, estabilidad, y cosas semejantes.

¿Qué valores o conceptos forman parte de aquellos que son verdaderos? Le mencionaré 3 que son pilares importantes y forman una base solida: amor, perdón y fe. El amor a los demás y a mí mismo conduce a la tolerancia, a la prudencia, a la comprensión, a la empatía, a la compasión, a la benevolencia. El perdón a los demás y a mí mismo libera los traumas y complejos psicológicos, las enfermedades y dolencias, el daño y las heridas. La fe conduce a la materialización de nuestros objetivos, al logro de las metas; la fe es la fábrica de nuestros sueños y deseos. Practique y afirme la verdad y todo lo indeseable de la vida se desvanecerá; automáticamente la luz comenzará a brillar, el camino se iluminará y el andar por la vida se facilitará.