El titulo de este tema es, sin duda alguna, interesante y, quizá, hasta atrevido. ¿Es posible ver a Dios? ¿Cuáles serían los medios para lograr este objetivo, si es que los hay? Aparentemente, parece ser una meta inalcanzable, sin embargo yo estoy seguro de que toda persona tiene una buena probabilidad de lograrlo. Voy a fundamentar mi postura con el siguiente pasaje Bíblico:

“Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.” (Mateo 5:8)

Estas palabras dichas por Jesús, según las registró el apóstol Mateo, son suficientemente claras para concluir que sí es posible ver a Dios, pero existe una condición, la cual describe el camino o la ruta para llegar a ese destino; es necesario tener un corazón limpio. ¿Qué representa esto? Invariablemente, Mateo no se refiere precisamente a que estemos libres de colesterol y triglicéridos, sino al contenido de nuestro ser, o sea, a nuestra identidad y personalidad. El término “corazón” se ha utilizado en sentido figurado y durante mucho tiempo, para eludir a las profundidades de nosotros mismos. Seguramente, usted ha escuchado y hasta pronunciado, frases como: “Yo amo a tal persona con todo mi corazón”, o “Me duele hasta el corazón lo que me has hecho”. Pues bien, esto no quiere decir que exista necesariamente un dolor físico en este órgano tan importante de nuestro sistema circulatorio, sino más bien implica que mi sentir es sumamente profundo. Con este entendimiento, un corazón limpio simboliza que mi personalidad está compuesta por conceptos y valores puros y verdaderos, como los de un niño pequeño. Un infante puede recibir regaños y hasta unas nalgadas y, sin embargo, no tomará mucho tiempo para presentarse frente a usted como si nada hubiera acontecido. Además, por si esto fuera poco, este niño estará invitándole a que juegue usted con él y hasta abrazándole, como si la reprensión a que fue sujeto hubiese sido parte de un recreo, de un entretenimiento, de un tiempo de esparcimiento.

Pero, ¿qué ensucia nuestro corazón?, ¿qué provoca que nuestra personalidad se contamine? En otras palabras, ¿qué produce que nos alejemos de Dios a tal grado de no verle, o mejor dicho, de no percibirle? Los elementos que nos distancian de El pueden ser tan simples como aquello que nos ofrece el mundo material: autos, dinero, casas, dispositivos móviles, computadoras, televisión, radio, computadoras, negocios, trabajo, alcohol, drogas, diversión. Quiero hacer notar que en este tipo de valores el problema radica en el amor a ellos, lo cual conduce a su atención e interés desmedidos y sin control. Por otro lado, existen también elementos tan complejos que nos separan de Dios como la adquisición de valores intangibles y, a su vez, no auténticos. Bajo esta clasificación se encuentra el odio y el rencor, la impaciencia y la intolerancia, la soberbia y la arrogancia, la envidia y los celos, el miedo y la angustia, el temor y la duda, la maldad y la perversidad, la mentira y el engaño. El resultado de todos estos factores en el ser humano tiene como producto la ceguera espiritual, la cual, impide ver o percibir a Dios y, por lo tanto, imposibilita la comunicación y comunión con El.

Sin embargo, hay buenas noticias, porque existe el amor y el perdón, la paciencia y la prudencia, la humildad y la sencillez, el gozo y el deleite para con nuestros semejantes, la fe y la certeza, la bondad y la benignidad, la verdad y la luz. Estas herramientas nos ayudarán en el aseo de nuestro espíritu y, por consiguiente, de nuestra alma, que finalmente reflejarán un ser limpio y transparente, lo cual es la verdadera naturaleza del ser humano. Al igual que un médico nos proporciona una receta con instrucciones en el uso de medicamentos, yo le invito a tomar una pequeña dosis diaria de estas píldoras espirituales, regalando una sonrisa, un saludo, una buena intención, un  buen deseo, una bendición, expresando alegría por el bien de otros y compasión por los desconsolados, pasando por alto las ofensas, controlando el enojo y la lengua, tolerando las palabras necias. Así, con el paso del tiempo y al igual que con una medicina, el efecto se irá produciendo y su ser sanará eventualmente hasta remover los obstáculos que impiden percibir a Dios.