Es común escuchar decir que los opuestos se atraen, lo cual se aplica  de manera generalizada a todos los aspectos de la vida, no obstante, esto es incorrecto en el ambiente espiritual. Ciertamente desde el punto de vista material esto es verdadero y puede ser comprobado fácilmente observando que los hombres son atraídos por las mujeres y viceversa. La atracción física normal ocurre entre personas de diferente sexo y se determina según el gusto de cada una de las partes. Sin embargo, existe otra clase de atracción que no tiene nada que ver con la apariencia física, sino que se produce en el interior de nuestro ser. Esta otra clase de atracción es la que construye las verdaderas amistades que se prolongan por mucho tiempo, y que incluso llegan a prevalecer durante toda la vida de una persona.

¿Qué elemento es ese que vincula a dos o más personas? Una respuesta sencilla es la compatibilidad de caracteres, lo cual implica armonía entre las distintas personalidades de los individuos que forman un círculo de amistad. Es un fenómeno que se suscita de manera habitual entre nosotros, donde nuestros verdaderos amigos son aquellos que presentan un alto nivel de compatibilidad de tal manera que podemos comunicarnos con gran facilidad. Esto se puede apreciar a simple vista en casos tan simples como, por ejemplo: la preferencia por el tipo de comida a ingerir, el género de películas que verán en el cine, la clase de música por la que se inclinan, la carrera universitaria que seleccionarán; pero también existen rasgos más complejos como la manera de hablar y el tipo de palabras para comunicarse, los gestos y hasta el tipo de persona del sexo opuesto que prefieren. Este fenómeno sucede en el nivel espiritual, porque precisamente se refiere a la información contenida en el ser de cada individuo la cual define la idiosincrasia o identidad. El espíritu del hombre se compone de todos aquellos datos heredados genéticamente, así como también de aquellos que ha recopilado a través del tiempo y que forman su programa de vida, sus hábitos y costumbres, su manera de pensar y de actuar, sus deseos y sentimientos, sus gustos y su sensibilidad, sus valores, su albedrío. Consideremos el siguiente pasaje de la Biblia:

Porque todo aquel que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre.” (Marcos 3:35)

Jesús proporciona esta respuesta a ciertas personas que le habían notificado que su familia le buscaba y que le esperaban afuera del lugar donde se encontraba en ese momento, la cual tiene una profunda implicación. La intención de Jesús en este contexto es transmitir un concepto de familia que va más allá de los lazos genéticos, el objetivo es definir las características que debe de tener una persona para establecer una verdadera afinidad con El. En otras palabras, Jesús hace patente que solamente aquellos que son compatibles con su Padre, o sea Dios, son los que pueden formar un vínculo de amistad con El, solo aquellos individuos cuyos valores intrínsecos son de índole espiritual y son verdaderos pueden formar parte de su círculo de hermandad. Únicamente con esa clase de personas El puede establecer una comunicación, un diálogo, un enlace y una conexión de personalidad, una relación duradera y firme. Cuando hay afinidad, la relación es fuerte, la correspondencia es natural, los lazos de familiaridad y reciprocidad son genuinos. Cuando hay afinidad, es fácil establecer acuerdos, las alianzas son sencillas y claras, la confianza y la armonía son factores comunes. Según el pasaje bíblico antes mencionado, existe la posibilidad de establecer un lazo de parentesco con Jesús, al grado de hermano, a nivel de un familiar  cercano, a la altura de un pariente consanguíneo como lo es una madre; y por ende, se constituye el vínculo con Dios. Para esto, solo basta comportarnos de manera habitual y ordinaria según su voluntad perfecta, sumergiéndonos y adaptando nuestro ser a su personalidad, renunciando a nuestros deseos egoístas y engañosos.

Hacer la voluntad de Dios significa practicar, como parte integral de nuestras costumbres, el amor, el perdón, la bondad,  la misericordia, la compasión, la prudencia, la fe. Hacer la voluntad de Dios es también confiar en El incuestionablemente, es tomarlo en cuenta en todas nuestras decisiones por insignificantes que estas sean dejando a un nivel secundario nuestro propio criterio. Hacer la voluntad de Dios es dedicar por lo menos una parte de nuestro tiempo para relacionarnos con El. Hacer la voluntad de Dios es deleitarnos en su presencia como cuando nos regocijamos en la compañía de un gran amigo. Entonces, solo entonces, formaremos parte de Su círculo íntimo, entraremos y saldremos de su presencia como entramos y salimos de nuestra casa, tendremos acceso a todos sus recursos de la misma manera en que abrimos y cerramos el refrigerador de nuestro hogar, y todos los deseos de nuestro corazón prudente se verán materializados.