Todos los individuos hemos escuchado decir que llevamos un niño dentro de nosotros y comúnmente lo relacionamos con las manifestaciones exteriores como lo son reír, jugar, correr, cantar, comer dulces, ensuciarse, romper la ropa. Adicionalmente, existen también características interiores como la espontaneidad, la creatividad, hablar con la verdad, la inocencia, no avergonzarse, creer sin límite, ser bondadoso, no ser rencoroso, amar incondicionalmente, estar en paz. Me atrevo a decir que un niño es la expresión perfecta del amor, según la definición que el apóstol Pablo propone en su primera carta a los Corintios, debido a que tolera los acontecimientos a su alrededor con gran paciencia, es bondadoso, no conoce la envidia, no es presumido, no tiene malas intenciones ni es egoísta, perdona sin condiciones, habla con la verdad, posee una fe inquebrantable, entre muchas otras características y valores espirituales de alto rango. Puedo recordar mi niñez y visualizar cuando jugaba a ser un superhéroe, realmente lo creía y no había nada que me hiciera pensar lo contrario. Recuerdo también mi intención de construir un robot usando partes que desechaba un vecino nuestro y que era técnico en electrónica; verdaderamente pensaba que lograría construirlo, en mi mente no cabía la posibilidad de no lograr mis objetivos. Desgraciadamente, y con el paso del tiempo, se van perdiendo todas estas características porque comenzamos a aprender del comportamiento viciado de los adultos y de los medios de comunicación, entre otros, y adquirimos valores y conceptos vanos e irreales. Así, nuestro potencial se va degradando poco a poco hasta convertirnos en individuos comunes y corrientes, y en algunos casos, en personas sin escrúpulos, inmorales, deshonestos, y hasta repugnantes y desagradables. ¿Dónde está ese niño que, según el dicho, llevo dentro? Analicemos las siguientes palabras de Jesús:

“…y dijo: De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos.” (Mateo 18:3)

Quiero dividir este texto en tres partes principales: la primera incluye la expresión “De cierto os digo”, la segunda hace referencia a “volvernos y hacernos como niños” y, por último la tercera, en la cual se establece la consecuencia de “entrar en el reino de los cielos”. La expresión “De cierto os digo” implica que las palabras que escucharemos a continuación son veraces y que no existe motivo alguno para dudar de ellas; además, tomando en cuenta quien está hablando en ese momento, podemos considerar con total certeza que el mensaje que escucharemos es incuestionable.

Enseguida se citan los términos “volver” y “hacer” aplicándolos al comportamiento o personalidad del ser humano. Volver involucra el considerar regresar a un lugar en el cual ya estuvimos en algún momento, y en el contexto que analizamos, se refiere a una etapa de nuestra vida, y dicha etapa es la niñez, la época de nuestra existencia en la que las experiencias dan inicio y somos individuos potencialmente vencedores, con una conciencia limpia, sin vicios, sin maldad, sin prejuicios, sin egoísmo, sin envidia, inofensivos. Volver a la niñez implica comparar nuestra actual personalidad con aquella de la niñez, para reconsiderar nuestro rumbo, para contemplar una idiosincrasia basada en los valores de aquel tiempo, para regresar a un estado de conciencia en el cual ya estuvimos en algún momento de nuestra vida. Pero esto no es todo, porque no basta con volver, sino que es preciso considerar el hacernos como niños. No es suficiente regresar y contemplar, no es suficiente retornar para recordar, no es suficiente volver para añorar. El objetivo de volver es para dar inicio, o reiniciar, una transformación de personalidad, para reinaugurar la carrera por la vida, para tomar en cuenta que tenemos la posibilidad de redefinir y restablecer nuestra identidad. Hay un dicho que versa “borrón y cuenta nueva”, pues esto es precisamente lo que implica volvernos y hacernos como niños, es un nacer de nuevo en nuestro espíritu, porque implica desechar el viejo hombre para debutar en valores y conductas con destino al éxito en todos los aspectos. Sin embargo, es necesario comenzar de la nada, limpiar el camino dando marcha atrás a lo que hoy somos y emerger como una nueva criatura. Este es el método de Dios, quien provocó un diluvio para iniciar una nueva descendencia, pidió a Abraham renunciar a su familia y a su tierra para construir un nuevo pueblo, convirtió a Saulo el perseguidor en Pablo el apóstol; en pocas palabras, deshizo algo totalmente y lo volvió a formar. Así es el volverse y hacerse como niño, porque implica acabar con lo que somos para empezar nuevamente. Es entonces cuando la riqueza espiritual, y por ende la emocional y la material, abundará a nuestro favor; el amor y el gozo serán nuestros, la paz que sobrepasa todo entendimiento nos acompañará día a día, los obstáculos se desmoronarán ente nuestros ojos, seremos individuos fuertes y valientes, la inteligencia y la sabiduría serán nuestros aliados, la bondad y la misericordia se reflejaran en nuestro diario vivir, nuestro objetivo será bendecir, construir y edificar a nosotros mismos y a los demás, tendremos control total de nuestro ser.

Este es el reino de los cielos que equivale a regir nuestra vida de manera natural por medio de las leyes espirituales de Dios que son perfectas y verdaderas, no tendremos que esperar a abandonar este mundo para experimentarlo, allí entraremos y será nuestra morada, allí viviremos y nos moveremos, allí existiremos y perduraremos, no dudaremos, no temeremos, no perderemos equilibrio, sino que nuestra existencia estará erigida sobre roca o cimiento firme.