Es muy interesante observar cómo nos esforzamos por ser responsables y, al ver que lo logramos, nos sentimos satisfechos y hasta pensamos que merecemos ser galardonados. Sin embargo, la realidad es que no hemos conseguido mucho todavía, porque solamente se ha llevado a cabo aquello que es nuestro deber, y el cumplir con ese deber es nuestra responsabilidad, esa es la medida mínima que debemos de cumplir. Considere el siguiente pasaje del Evangelio según Lucas, capítulo 17, verso 10:

Así también vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os ha sido ordenado, decid: Siervos inútiles somos, pues lo que debíamos hacer, hicimos. (Lucas 17:10)

¿Qué le sugieren estas palabras de Jesús? En mi humilde opinión, veo que, al cumplir con aquello que es nuestro deber, tan solo habremos logrado convertirnos en inútiles. ¿Por qué? Porque cumplir con nuestro deber es la meta mínima que debemos de alcanzar. Al llegar a esta meta mínima, estaremos apenas en el límite, y es preciso cruzarlo para iniciar la caminata hacia la excelencia. En todo lo que hagamos, Dios es nuestro jefe perfecto, a Él es a quien debemos de rendir cuentas sobre la calidad de todas nuestras obras.

Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres; (Colosenses 3:23)

En toda tarea que usted realice, establezca como meta ir más allá de un resultado convencional; busque siempre dar más de lo que aparentemente es capaz, con paciencia y diligencia, con paz y tenacidad, con inteligencia y sabiduría. La persona que es realmente útil, es aquella que siempre produce resultados que sobrepasan la excelencia.