El crecimiento de toda persona implica una mejora continua desde el punto de vista espiritual. Así, entre más fuerte sea nuestro espíritu, más preparados estaremos para enfrentar las circunstancias que nos rodean, así como también mayores posibilidades tendremos para ayudar a otros a superarse. Pero todo esto es parte de un camino que debemos de recorrer, en el cual nos encontraremos con todo tipo de pruebas, tropiezos y obstáculos. Todo aquello que nos presenta dificultades para avanzar, en realidad nos ayuda en la travesía para desarrollarnos y engrandecernos, aunque a veces dichas dificultades nos puedan parecer extremas. El apóstol Pablo lo dice de la siguiente manera:

Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte. (2 Corintios 12:10)

Es necesario reconocer nuestra fragilidad, tolerar los agravios, superar toda carencia, resistir el acoso y trascender la aflicción, el dolor, la amargura y el temor. Todos estos elementos en realidad nos proveen de las herramientas que requerimos para nuestro progreso, pero por supuesto, no debemos de buscar problemas intencionalmente, sino resolver todos aquellos eventos que se nos presenten día a día con sabiduría. Haga una cita con Dios cuando considere que tiene una situación especial por resolver, mas no descuide su relación diaria con El. Tómelo siempre en cuenta, porque de Él provienen las respuestas que le proporcionarán los recursos perfectos.