El éxito es un concepto muy general y difícil de definir. Para algunos representa valores materiales, para otros la realización profesional, y así, podríamos encontrar tantos significados al respecto como personas hay en el mundo. Sin embargo, debemos de notar que el sentido que damos a dicho concepto depende de la calidad y la cantidad del conocimiento que tenemos. De forma generalizada e informal, podemos definir el éxito como el cumplimiento de todos nuestros deseos, o de los que consideramos como más importantes. Regularmente, el hombre inicia la travesía hacia el éxito buscando primeramente los valores materiales, pensando que eso le proporcionará estabilidad en todos los aspectos, lo cual es una verdad parcial. En mi humilde opinión, pienso que el éxito depende del grado de sabiduría que poseemos porque, ¿Qué situación puede existir que un individuo sabio no resuelva eficazmente? 

La información es necesaria para adquirir conocimiento y, actualmente, estamos abrumados con diferentes tipos de ella. No toda la información nos lleva a la sabiduría, sino solamente la que proviene de Dios, por lo tanto, ésta se alcanza conociéndole a Él y no en la universidad, o en los libros de física y química. El hombre sabio siempre tomará las mejores decisiones y, por ende, caminará por la ruta hacia éxito, no existirá nada que no pueda remediar, así sea en el ámbito material, emocional y/o espiritual; para todo tendrá una solución, la mejor solución, será capaz de emprender cualquier proyecto sin temor a errar. El hombre sabio será engrandecido por Dios, como lo hizo con el rey Salomón y como lo hizo con José, llamado “el soñador”.

“Bienaventurado el hombre que halla la sabiduría, y que obtiene la inteligencia; porque su ganancia es mejor que la ganancia de la plata, y sus frutos más que el oro fino” (Proverbios 3:13-14)

“Y dijo Faraón a José: Pues que Dios te ha hecho saber todo esto, no hay entendido ni sabio como tú. Tú estarás sobre mi casa, y por tu palabra se gobernará todo mi pueblo; solamente en el trono seré yo mayor que tú.” (Génesis 41:39-40)

¿Está la sabiduría disponible para toda persona? Ciertamente lo está. ¿Y, dónde la encuentro? La respuesta se encuentra aquí:

“El principio de la sabiduría es el temor de Dios…” (Proverbios 1:7).

Note usted que la frase anterior se refiere al temor “de” Dios y no al temor “a” Dios, lo cual implica que Dios mismo tiene cierto temor. Pero, ¿Tendrá Dios miedo de algo? Por supuesto que no. Para entender esto es preciso conocer el significado exacto del término temor, el cual se define de la siguiente manera según el diccionario de la Real Academia Española:

“Pasión del ánimo, que hace huir o rehusar aquello que se considera dañoso, arriesgado o peligroso.”

Ahora está claro que el temor de Dios no implica miedo sino la infinita convicción de mantenerse alejado de lo malo. Por lo tanto, el camino para alcanzar la sabiduría es temer a aquello que Dios también teme; en otras palabras, para llegar a ser un individuo sabio se requiere el deseo y la práctica de todo aquello aprobado por Dios. Dios aprueba el amor y reprueba el odio, aprueba la bondad y reprueba la maldad, aprueba la paz y reprueba la violencia, aprueba la paciencia y reprueba el nerviosismo, aprueba la templanza y reprueba el desenfreno, aprueba la fe y reprueba la duda, aprueba la humildad y reprueba la soberbia y la arrogancia, aprueba la mansedumbre y reprueba rebeldía, aprueba la prudencia y reprueba la insensatez. Estas características son más que suficientes para iniciar la caminata rumbo a la sabiduría, iniciemos hoy nuestro recorrido hacia ese magnífico destino el cual, sin duda alguna, nos conducirá al éxito con toda certeza.

Ahora, he aquí dejo una pregunta para todo lector, ¿Qué situación habrá que un hombre sabio no pueda solucionar correctamente?