Ha comenzado un nuevo año y es costumbre hacer por lo menos un propósito. Así, prometemos iniciar una nueva dieta, emprender un nuevo negocio, practicar algún ejercicio físico, mejorar los grados escolares, entre muchas otras variadas opciones. De esta manera, comenzamos con renovados bríos, con una gran expectación, muy motivados y con muchas ganas de alcanzar los resultados que implican dichos propósitos. Sin embargo, a medida que van pasando los días, esos propósitos van quedando en el olvido y, si nos va bien, habremos durado unos 3 o 4 meses trabajando en el logro de nuestras aspiraciones.

Esta historia se repite año tras año. Regularmente, las metas establecidas son de tipo material y, de manera muy escasa, son de tipo espiritual.

Viene a mi mente aquel pasaje de la Biblia donde Jesús cuestiona acerca de que pasamos la vida afanados por las cosas materiales: lo que comeremos, lo que tomaremos y lo que vestiremos (ver el Evangelio según san Mateo capítulo 6 versículos 25 a 34). Dicho pasaje termina con una invitación a buscar el Reino de Dios y Su Justicia y, lo más interesante, es que existe una implicación como resultado de esta búsqueda, la cual es la obtención de aquellos valores materiales por los cuales nos empeñamos día a día. ¿Cómo es esto? Un reino implica un gobierno el cual se rige por leyes, y el gobierno de Dios no es la excepción. Las leyes de este gobierno tan especial se componen de valores como el amor, perdón, paz, paciencia, bondad, benignidad, fe, templanza, dominio propio, prudencia, humildad.

Estos valores son de índole espiritual y son también verdaderos, eternos y universales. Además, también tienen vida propia, y al practicarlos, ellos mismos se encargarán de proporcionar un pago para nosotros. Este pago es la consecuencia a la que se refiere Jesús cuando dice: “Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas”, en donde “todas estas cosas” son aquellos valores materiales que tanto buscamos. ¿Cómo es esto posible?

Parece increíble, pero así es todo lo que Dios hace, INCREÍBLE. La razón por la cual esto sucede así es que, lo espiritual está muy por encima de lo material, y es como un imán que atrae tales consecuencias. Es lo que la Biblia se refiere cuando dice que lo que cosechas es lo que siembras, en otras palabras, los resultados que tendrás en tu vida serán de la misma calidad de tus actos. Lo más curioso es que muy pocas personas saben que, sembrando el Reino de Dios como parte de nuestra personalidad, obtendremos todo aquello que pertenece al mundo material. La muy mencionada “Ley de la Atracción”, es esto precisamente, no se ha descubierto nada nuevo, la Biblia lo repite una y otra vez en diferentes partes de su contenido (le exhorto a considerar la lectura del capítulo 28 de Deuteronomio como ejemplo).

Cuando iniciamos la implantación del Reino de Dios en nosotros, nos convertiremos en individuos responsables, eficientes, excelentes, comprometidos, competentes, positivos, optimistas, animosos, refinados, honestos, íntegros, rectos, sinceros, obedientes, justos, compasivos, misericordiosos, sabios, entendidos, creativos, ordenados, organizados, fuertes, valientes, audaces, decididos, exitosos, victoriosos, grandiosos, amables, gentiles, tenaces, esforzados, diligentes, respetuosos, respetables. ¿Quién no desea una personalidad con estos atributos?

Puedo continuar enumerando más características que formarán nuestra personalidad durante esta búsqueda, pero creo que son suficientes como para que usted considere meditar al respecto y decidir emprender este viaje y convertirse en un conquistador del “Reino de Dios y su Justicia”, Dios se gozará de esto y le premiará, porque Dios es galardonador de los que le buscan.