Las aflicciones implican algún tipo de sufrimiento, ya sea físico o moral, y es raro que algún ser humano las acepte con gratitud. Definitivamente, nadie desea sufrir, nadie desea pesares, o tristezas, o angustias, o consternaciones; más bien, todos anhelamos una vida llena de gozo. Sin embargo, la realidad es que las aflicciones tienen su propósito y pueden ayudar a desarrollarnos y engrandecernos, pero también nos pueden llevar a acobardarnos; todo depende de la manera en que recibamos las situaciones que experimentamos. Pero, ¿de qué depende la forma en que acogemos las aflicciones? Consideremos las siguientes palabras del apóstol Pablo:

“Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.” (2 Corintios 12:10)

Según veo, sí existen las excepciones porque Pablo disfrutaba de las aflicciones, él se gozaba con todas aquellas vivencias que la mayoría de nosotros percibimos como malo o indeseable y, el hecho de apreciarlo de ésta manera, se debe a que así es como lo hemos aprendido. Desde niños asimilamos la manera de clasificar las experiencias observando como lo hacen los demás, ya sea en nuestro hogar, por medio de amistades, con los vecinos; hasta la televisión nos bombardea una idea equivocada de la vida.

Considere usted por ejemplo las telenovelas, donde el sufrimiento es un factor que se presenta continuamente, sin contar las agresiones, los engaños y las intrigas. Realmente son pocos los casos en los que las aflicciones son bienvenidas.

Consideremos uno más: José, llamado el soñador, quien fue hijo de Jacob. Este hombre fue vendido a una persona en Egipto llamado Potifar, oficial del faraón (o rey) y capitán de la guardia, quien lo tuvo como empleado suyo en donde se desempeñó trabajando con gran efectividad ganando la confianza total de su amo. Por si esto fuera poco, un tiempo después fue encarcelado por un acontecimiento que nunca ocurrió, ya que fue acusado de intentar abusar de la esposa de Potifar. No obstante, todo indica que José no se intimidó, porque como prisionero se ganó la confianza del encargado de ese lugar y le fue otorgado el cuidado de todos los presos. José, finalmente, llegó a ser el administrador de todo Egipto y solo faraón estaba antes que él.

Ahora volvamos a la pregunta del inicio: ¿de qué depende la forma en que acogemos las aflicciones? Yo solo veo una respuesta y es el grado de nuestra fortaleza espiritual, lo cual implica la medida en que nosotros hemos decidido caminar con Dios y no Dios con nosotros, lo cual implica haber aceptado vivir de acuerdo a la ley del amor, del perdón, de la fe, de la justicia, lo cual implica haber renunciado a los valores pasajeros que nos ofrece el mundo, lo cual implica un cambio en la manera de percibir la vida, una transformación de nuestra personalidad y la percepción de la verdadera voluntad de Dios, la cual es agradable y perfecta.