Creer en Dios y, por supuesto, en Jesús, nos convierte en personas justas delante de Él. Esto es todo lo que necesitamos para que nuestras faltas sean desechadas e iniciar una nueva vida como individuos rectos delante de Él. Por supuesto, primero viene el arrepentimiento, que implica un reconocimiento sincero de nuestro actuar y, posteriormente, la decisión de transformarnos. Lo grandioso de todo esto es que Dios ya no ve nuestro pasado, porque lo que a Él le interesa es que iniciemos una nueva vida según sus pasos. Que mejor prueba de perdón sino aquella del ladrón crucificado junto a Jesús a quien, después de ver su arrepentimiento, le dice: 

“De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso.” (Lucas 23:43)

¡ESTE LADRÓN HASTA EL CIELO SE ROBÓ!

Por otro lado, la justicia del hombre es totalmente contraria, ya que este no toma en cuenta si reconocemos nuestras fallas o si estamos verdaderamente arrepentidos. El hombre nos juzga por diversas causas, algunas tan ridículas como el lugar de donde somos. Considere usted la respuesta de Natanael, cuando Felipe le dice que habían encontrado a Jesús de Nazaret:

“¿De Nazaret puede salir algo de bueno?” (Juan 1:46)

Sin duda alguna, esta es una respuesta anticipada, basada totalmente en el prejuicio.
¿Y qué decir de aquellos que basan su opinión en el pasado de las personas? Puede pasar toda una vida, y hasta generaciones, sin que alguien perdone por lo que sucedió hace 20, 30, 40 o más años. Y así, puedo continuar mencionando situaciones muy absurdas de juicio: por malentendidos, por no saludar, por no felicitarte en tu cumpleaños, por mencionar solo unos pocos ejemplos. ¿De qué lado de la justicia está usted, de la justicia Divina o de la suya propia?