A la memoria del pastor Omar Flores Acevedo, mi gran amigo y hermano en el espíritu, hombre apasionado por sembrar la buena semilla, buscador incansable de la verdad, de la integridad, de la santidad, del verdadero propósito de Dios para el individuo.

Hablaré acerca de 2 términos que considero tienen una relación directa: pasión y trascendencia. Según el diccionario de la Real Academia Española, apasionarse significa “Aficionarse con exceso a alguien o algo”. Asimismo, trascender implica “Estar o ir más allá de algo”. En un lenguaje más cotidiano, puedo expresar que apasionarse se relaciona con la dedicación a alguna actividad de manera plena; y trascender representa el hecho de sobrepasar los límites de una simple existencia.

Muchas son las personas que realizan alguna actividad apasionadamente y que finalmente trascienden, de manera que heredan un legado constructivo para mucha gente durante mucho tiempo. Así, encontramos deportistas, empresarios, científicos, escritores y artistas, por ejemplo, que han logrado imprimir una huella en la humanidad por la trayectoria y logros alcanzados durante su vida. Sin embargo, considero que existen al menos 2 niveles de trascendencia: en el primero, solo se aportan ingredientes para sobresalir en lo personal; en el segundo, existe una contribución para la edificación de los demás y, por ende, la edificación propia.

Veamos como ejemplo a Sir Alexander Fleming, descubridor de la penicilina, el cual es un antibiótico que se emplea en el tratamiento de infecciones. Su biografía dice que, después de la primera guerra mundial, se dedicó activamente a la búsqueda de agentes anti-bacteriales debido a que era testigo de la muerte de muchos soldados por causa de heridas infectadas. Buscar activamente implica una actitud diligente, dinámica, solícita; en una palabra, implica una actitud apasionada.

Actualmente, todo el mundo se ha beneficiado del trabajo apasionado de Fleming, aunque quizá sean pocos los que conozcan su nombre. Aquel que trabaja apasionadamente no debe de tener como objetivo la trascendencia, porque ésta será alcanzada al llegar a la meta establecida y, por lo tanto, será una consecuencia de la finalidad de nuestro trabajo. Esto implica rendir cuentas directamente a Dios y no a los hombres, Dios debe de ser el juez de nuestras actividades, de nuestros planes, de nuestros objetivos, y hasta de nuestras palabras, pensamientos, deseos y percepción de la vida. Así lo dice el apóstol Pablo de la siguiente manera:

“Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres.” (Colosenses 3:23)

¿Por qué debemos de rendir cuentas a Dios, porqué debemos de considerarlo nuestro director general? Porque con toda certeza lograremos nuestras metas con la más alta calidad, ya que el resultado que El demanda deberá ser de acuerdo a su perfección y agradable ante sus ojos. Además, será Dios mismo quien recompense nuestras obras. ¿Le parece esto imposible? El mismo Jesús lo dice a través de uno de sus discípulos:

“Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.” (Mateo 5:48)

Quizá no seremos perfectos como Dios lo es, pero usted puede caminar en esa dirección; todos somos perfectibles, lo cual implica que tenemos la capacidad de perfeccionarnos día a día. Y esto es muy serio, mucho más serio de lo que usted imagina, porque si no rinde cuentas claras a Dios hoy, indudablemente lo hará después de esta vida.

En resumen, la pasión por alguna actividad productiva y edificante indudablemente será trascendental en alguna medida en el tiempo y el espacio, desde un pequeño grupo de personas hasta el mundo entero, y desde un corto período de tiempo hasta impactar en la historia de la humanidad.