Hace unos días escuché a alguien decir: no mandes a tu hijo a estudiar a esa ciudad, porque la moral es baja allí. Meditando en eso, llegué a la siguiente conclusión.

La integridad de una persona no debería de depender de los eventos que suceden en su exterior, sino en los valores que definen a dicha persona. Un individuo que no posee una identidad bien definida es como un barco a la deriva, movido por todo tipo de corrientes. Los valores que el mundo nos ofrece son pasajeros y geográficamente limitados, lo cual implica que cambian constantemente y, además, pueden ser diferentes de una región a otra. Sin una identidad propia, estamos expuestos a subir y bajar, a ir de un lado a otro, a probar aquí y allá, y la brújula es la palabra del mundo.

Por otro lado, un individuo con los pies en la tierra, es aquel que sabe en donde se encuentra y hacia donde desea dirigirse, tiene objetivos claros, tiene principios y reglas, es responsable, no se deja influenciar por lo que no le edifica, rechaza lo que no le bendice, y su brújula es la Palabra de Dios.

No importa en donde se encuentre usted. Si los valores que forman su personalidad son altamente espirituales, entonces será como un roble que crecerá erguido, sin desviarse a diestra ni a siniestra, nada lo convencerá de dejarse llevar por las corrientes inconstantes de la vida, su meta será convertirse en una mejor persona día a día.

En la vida, un gran enemigo es el mundo y sus tentaciones, por lo cual es preciso luchar y vencer.

“Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.” (Juan 16:33)