“La bendición de Dios es la que enriquece, y no añade tristeza con ella.” Proverbios 10:22

Es común ver a muchas personas disfrutando de abundante riqueza financiera y con negocios prósperos, y automáticamente se piensa que indudablemente se trata de una bendición de Dios. Sin embargo, esto no es necesariamente así, ya que la prosperidad en ciertas áreas de la vida puede ser solamente el producto del esfuerzo humano. El verdadero éxito se mide por el progreso en (virtualmente) todos los aspectos de la vida y no solamente en lo material. Así, podemos mencionar otros valores como el amor, paz, bondad, humildad, fe, gozo, mansedumbre, perdón. ¿Cuántas personas adineradas no duermen, no descansan, tienen odio, están amargadas, sufren de tragedias familiares como el suicidio de un hijo, y mucho más?

Por otro lado, cuando es Dios quien envía la bendición, lo hace de manera total; no solamente provee de riqueza material sino también de abundancia espiritual la cual incluye los valores mencionados anteriormente. De esta manera, el hombre disfruta plenamente de la vida, sin temores sino lleno de fe, sin odio sino amando a manos llenas, sin envidia sino con actitud bondadosa, sin condena, ni culpa, ni rencor, sino perdonando sin condición, sin fatiga sino descansando en el Señor, sin miedo sino confiando en El. Pero además, si por alguna razón experimentamos situaciones difíciles, también nos provee de los medios para enfrentar y vencer, para luchar y triunfar, para correr y no fatigar, para fortalecernos en nuestras debilidades, para aumentar nuestro coraje y no desviar el camino ni a diestra ni a siniestra.

Es por eso que la bendición que proviene de Dios realmente enaltece y engrandece; y las aflicciones y tribulaciones nos sirven de plataforma para ser lanzados a niveles más avanzados, para trascender.