Bienaventurado el hombre que me escucha, velando a mis puertas cada día, aguardando a los postes de mis puertas. Porque el que me halle, hallará la vida, y alcanzará el favor de Dios.” (Proverbios 8:34-35)

¿A quién se refiere el rey Salomón en este fragmento del libro de proverbios? ¿A quién invita a buscar con tanta insistencia? Analizando el contexto de este segmento, se aprecia con toda claridad que se trata de la sabiduría, usted lo puede comprobar leyendo completamente el capítulo 8.

La sabiduría puede definirse como el grado más alto de conocimiento para conducirse prudentemente por la vida, para discernir entre lo bueno y lo malo y actuar con buen juicio. Aquel que presta atención al hecho de adquirir sabiduría es altamente afortunado, y afortunar implica adquirir fortuna, lo cual a su vez conlleva a experimentar dicha. Note usted que, de manera figurativa, se proporciona la manera de encontrarse con la sabiduría, haciendo referencia a una actitud de vela y espera. Esto supone una disposición de observación continua y solícita, y a su vez de paciencia, con la certeza de que nos encontraremos con ella.

Claro, es como buscar un tesoro de gran valor, una tarea que implica firmeza, tenacidad y persistencia, porque es preciso descifrar los planos para determinar el lugar exacto de su ubicación. Sin embargo, el resultado de esta búsqueda será que nos encontraremos con dicho tesoro, que es la sabiduría, y obtendremos 2 cosas de suma importancia: la vida y el favor de Dios.

La vida se refiere a los verdaderos valores que determinan el rumbo de la existencia, aquellos que son universales y eternos, que no dependen del espacio ni del tiempo. Y lo más grandioso, el favor de Dios, se relaciona con Su honra, Su gracia, Su amparo, Su soporte, Su protección, Su compañía; en pocas palabras Su presencia misma en todo camino. ¿Cree usted necesitar algo más que esto?