Hace unos días platicaba con una persona respecto al comportamiento cada vez más liberal de los jóvenes. Después de varios minutos de conversación su conclusión fue: los tiempos cambian. No di ninguna respuesta para evitar iniciar una discusión y también por respeto a su manera de pensar. Además, solo se trataba de una plática y no de una sesión  de consejería. Sin embargo, esa respuesta me invitó a reflexionar y llegué a las siguientes conclusiones.

  • “Los tiempos” cambian, pero “el tiempo” es inmutable.
  • “Los tiempos” es sinónimo de valores vanos y efímeros, “el tiempo” es sinónimo de eternidad.
  • “Los tiempos” es una medida discreta que mide períodos en este mundo, “el tiempo” es una medida continua sin principio ni final.
  • “Los tiempos” hacen referencia a eventos locales, “el tiempo” es universal.
  • Aquel que basa su vida en “los tiempos”, va de un lado a otro, de una moda a otra, de un valor material a otro.
  • “Los tiempos” implican intranquilidad e inestabilidad, “el tiempo” es paz y constancia.
  • Para Dios, un día es como mil años y mil años es como un día. En pocas palabras, “el tiempo” no tiene medida en el ambiente espiritual.

Si la vida se basa en lo que “los tiempos” dictan, ¿en dónde queda la universalidad y la eternidad de Dios? Porque, después de todo, los valores espirituales de Dios son así, universales y eternos.