Existe un dicho popular que dice que “recordar es vivir”, sin embargo mi opinión es contraria y estoy seguro que Dios también lo ve así. Aquellos que toman en serio este dicho proyectan el deseo de regresar al pasado para experimentar situaciones de otro tiempo y la razón para esto es que seguramente no están viviendo plenamente la vida presente. Tales personas pasan la vida hablando de lo que fue y de lo que hubiera podido ser y, al mismo tiempo, viven esos momentos de manera falsa porque es imposible regresar para reconstruir el pasado que alguna vez fue y mucho menos para modificarlo. De hecho, sí se reviven las emociones experimentadas como efecto de los recuerdos, más sin embargo el momento llega de volver a la triste realidad para darse cuenta que tan solo ha sido un espejismo, un engaño, una ilusión. Esta añoranza es el reflejo de un vacío dentro del individuo, un hueco que se ha formado a lo largo de los años vividos caminando a ciegas, con un rumbo aleatorio, llevado de un lado hacia otro como una botella vacía en medio del mar, persiguiendo objetivos efímeros y frágiles, que se van desvaneciendo a medida que pasa el tiempo. Todo aquel que vive del pasado en realidad muere poco a poco  porque desperdicia el único recurso disponible que es el tiempo presente. El pasado ya no se puede recuperar y el futuro es incierto pero se puede planear desde el presente.

Mire usted de qué manera el rey Salomón expone este tema:

“Nunca digas: ¿Cuál es la causa de que los tiempos pasados fueron mejores que estos? Porque nunca de esto preguntarás con sabiduría.” (Eclesiastés 7:10)

 Definitivamente no es sabio considerar el tiempo pasado sino solamente para tomar conciencia de nuestras fallas y errores, y decidir no volver a cometerlos; en otras palabras, las experiencias del pasado forman parte de nuestro aprendizaje durante el camino de la vida. Aquel que piensa que los tiempos pasados fueron mejores y vive de sus recuerdos es porque en el presente existe desilusión y decepción, y ha quedado anclado en un lugar en el tiempo que ya no existe pero desea revivir. Es como un escudo que le protege contra su frustración, un escondite para evitar evidenciar la pena del fracaso, un camuflaje para intentar engañar a los demás y para engañarse a sí mismo

Sin embargo, tengo excelentes noticias para usted que se encuentra en esta situación, porque existe un camino que sin ninguna duda le conducirá a obtener la paz para su mente y para su alma. Dicho camino se compone por las avenidas del amor, la bondad, la fe, la mansedumbre, la paciencia, la humildad, la prudencia, el perdón, la justicia. Este camino se llama Jesús, ya que El mismo es todos estos valores eternos y universales. Jesús también hace referencia al tema de vivir de los recuerdos y de aquello a lo que nos queremos aferrar con las siguientes palabras:

“Ninguno que poniendo su mano en el arado mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios.” (Lucas 9:62)

 Con un arado solo hay manera de ir hacia adelante, no tiene ningún sentido retroceder. Así también, es necesario tomar la decisión de reiniciar la vida tomando el camino correcto y por ningún motivo valorar aquello que dejaremos atrás porque esto representa un freno que impedirá el libre tránsito hacia el objetivo.

El Reino de Dios es una empresa de éxito rotundo pero al mismo tiempo es un camino de un sentido. No es posible dirigirse hacia ese rumbo e ir mirando hacia atrás lamentándonos por aquello a lo que vamos renunciando.