Ciertamente Dios desea que nos acerquemos a Él, que le conozcamos, que establezcamos una relación íntima. Para lograr esto es necesario que sepamos la manera correcta de conseguirlo y esto solo podemos encontrarlo en Su palabra que tenemos escrita y que es la Biblia.

Cuando Caín y Abel presentaron ofrenda a Dios, cada uno de ellos lo hizo de diferente manera. Caín ofreció del fruto de la tierra y Abel ofreció un primogénito de sus ovejas. Estoy seguro que ambos se esforzaron por ofrecer lo mejor que tenían; Caín debió de seleccionar la mejor cosecha de la tierra, el mejor producto de su trabajo en el campo. Asimismo, Abel también debió de haber apartado la mejor oveja porque, como lo dice la Biblia, “trajo de lo más gordo de ellas”.

Sin embargo y según el relato de la Biblia, Dios no miró con agrado la ofrenda de Caín y si la de Abel, y debido a esto el semblante de Caín decayó. En otras palabras, el rostro de Caín proyectó un desacuerdo con Dios, se amargó, sintió en su interior enojo contra Dios y envidia contra su hermano. ¿Qué sucedió?

Sencillamente, Caín no procedió de la manera en que Dios se agrada. Cada uno de nosotros tenemos una manera distinta de ser agradados, no veo la razón por la que Dios no tenga la suya propia. Entonces, ¿significa esto que para agradar a Dios tengo que  buscar una oveja y sacrificarla? Por supuesto que no. El Cordero es Jesús el Cristo y ya fue sacrificado, esto solo era necesario que sucediera una sola vez y para siempre, ya no se requiere de más sacrificio porque Dios mismo en la personalidad del Hijo llevó a cabo esta inmolación. Ahora, lo que a Dios le agrada es que nosotros nos acerquemos tomando la ruta de la personalidad de Jesús tanto como sea posible, que adoptemos su carácter, su naturaleza, su conducta; que amemos y que perdonemos incondicional e ilimitadamente, que creamos en nuestro corazón que la idiosincrasia del Hijo de Dios es nuestro objetivo, nuestro propósito.

No intentemos agradar a Dios según nuestra propia opinión porque entonces estaremos inventando una religión propia al estilo de Caín y esto nos conducirá a que nuestro rostro decaiga produciendo amargura en nuestro corazón al ver que Dios no mira con agrado nuestro esfuerzo.

Aprendamos a complacer a Dios como Él lo demanda porque así, con toda certeza, lograrás satisfacer a Dios y entonces, solo entonces, el Señor tendrá argumentos para manifestar acerca de ti: “Este es mi hijo amado, en quien tengo complacencia”.