El profeta Elías aparece por primera vez en la Biblia en “1 Reyes 18”, siendo un singular profeta de Dios debido a la cantidad y calidad de los milagros que llevó a cabo y también a que su partida de este mundo no fue por medio de la muerte física sino porque Dios mismo lo arrebató y lo llevó al cielo mientras aún estaba vivo. Así lo relata el siguiente pasaje, en donde Elías caminaba junto otro hombre llamado Eliseo quien sería su sucesor:

“11 Y aconteció que yendo ellos y hablando, he aquí un carro de fuego con caballos de fuego apartó a los dos; y Elías subió al cielo en un torbellino.” (2 Reyes 2:11)

Elías era un hombre que vivía constantemente en la presencia de Dios, así lo demuestra su manera de hablar ya que era muy común que él se expresara con las siguientes palabras: “Vive el Señor, en cuya presencia estoy…”. Esto era una manera de manifestar que lo que Elías comunicaba era tan cierto como que Dios existe, asegurando que se encontraba frente al Señor mismo en ese preciso momento en que hablaba.

Muchos milagros llevó a cabo Elías, entre las cuales se encuentran los siguientes:

  • No llovió ni una sola gota de agua durante por lo menos 3 años porque así lo decretó con su boca.
  • Multiplicó el alimento de una mujer viuda en tiempo de escasez.
  • Resucitó al hijo de esta mujer viuda.
  • Por su palabra, descendió fuego del cielo para demostrar a falsos profetas y al mismo pueblo de Israel que solo Dios es el Señor.

En este último acto, después de que fuego descendió del cielo, Elías pide al pueblo de Israel capturar a los falsos profetas, que eran unos 450 hombres, y los mata degollándolos. Esta noticia llega a oídos de una persona políticamente influyente, la esposa del entonces rey de Israel,  quien le envía mensaje diciendo que lo iba a matar de la misma manera, o sea, que lo iba a degollar. Imagine usted todo este escenario por un momento, imagine que usted es Elías y que tiene el respaldo de Dios para manifestar milagros como los descritos anteriormente. Ciertamente Elías era un hombre poderoso, y la clave de su poder radicaba en su santidad y en que siempre (o casi siempre) se encontraba en la presencia de Dios. Sin embargo, hubo por lo menos una excepción representada por la reacción de Elías a la amenaza de muerte y que se describe en “1 Reyes 19:3” de la siguiente manera:

Viendo, pues, el peligro, se levantó y se fue para salvar su vida…” (1 Reyes 19:3)

Elías entonces escapa del lugar llegando finalmente a una cueva donde se refugia.

Es difícil imaginar a un hombre con tal poder y el respaldo directo de Dios, asustado, temeroso, con duda y huyendo por causa de una amenaza en contra de su vida. ¿Qué fue lo que sucedió? ¿Por qué después de todas las grandes demostraciones de  poder, Elías se comporta como un ratón asustado y perseguido escapando de una escoba que lo quiere aplastar para acabar con su vida? La respuesta se encuentra precisamente en el pequeño fragmento anterior y que dice, “Viendo, pues, el peligro…”. Es muy claro que Elías, el gran profeta de Dios, desvió totalmente su atención. De su vigilante estado de comunicación con Dios, da un giro de 180 grados para dar importancia a las palabras de una mujer que lo amenazaba de muerte.

Muchos de nosotros, individuos fieles seguidores del Señor Jesucristo, tendemos a imitar a Elías en este último aspecto. Al presentarse una situación en nuestra vida que consideramos grave, inmediatamente volvemos toda nuestra atención a ella dando inicio a una serie de eventos incómodos: el estrés es inminente, la presión se hace presente de inmediato, el temor se torna nuestro invitado especial, la duda pone en peligro nuestra fe, casi nos es imposible descansar y nuestra paz se desvanece. Por si esto fuera poco, nuestra mente empieza a inventar historias sobre un desenlace ficticio de dicha grave situación que muchas veces no nos permite ni siquiera conciliar el sueño. Y, lo peor de todo, es que entre más nos concentramos en nuestro problema más grande lo hacemos de tal manera que se convierte en un gigante como Goliat en espera de ser arrollados y derrotados. Es como si encendiéramos un montón de troncos de madera y dirigiéramos hacia el fuego un abanico que excita la llama más y más. ¿Qué le sucedió a Pedro cuando caminaba sobre el agua? Primero, toda su atención se centró en el Señor Jesús pero, al ver la amenazante tempestad, esa atención la concentró hacia el peligro y comenzó a hundirse. El secreto entonces es permanecer en el Señor para que, como resultado, el Señor permanezca en nosotros. Pero, ¿cómo es eso de permanecer en el Señor? Esto es algo tan simple pero, a la vez, puede resultar demasiado difícil. Mire como lo dice el apóstol Juan en su Evangelio:

Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho.” (Juan 15:7)

Amigo mío, es preciso tomar control de nuestros pensamientos y de nuestra atención, sabiendo que el Padre de nuestro Señor Jesucristo anhela habitar en nosotros y que nosotros habitemos en Él. El mismo Dios que con gran poder creó el Universo y todo lo que en él existe, tiene un inmenso deseo de que nosotros, sus hijos, nos concentremos en su persona sin importar cuan grave o difícil es nuestra situación. Por supuesto, para lograrlo es necesario conocerle y esto implica relacionarnos con Él. O, ¿De qué manera se logra una amistad íntima con una persona sino acercándonos y conviviendo con dicha persona?

Concentre su mente y su corazón en Dios y no permita que nada lo desvíe. Haga de esto una práctica diaria y no solo cuando lo necesite. Visualícelo y siéntalo. Permanezca en Él tanto como sea posible porque, sin duda alguna, Dios premia de los que le buscan con toda sinceridad. Vivir en Su presencia será entonces el mayor gozo porque, si Dios está de su lado, ¿qué o quién podrá estar en su contra?