Vivian nuestros primeros padres, Adán y Eva, en continua comunión con Dios, desnudos ante Él y sin avergonzarse. ¿Desnudos? Si, desnudos. Pero, ¿en qué aspecto? La desnudez tiene varias formas interesantes porque implica sinceridad, claridad, transparencia. Ambos, Adán y Eva, no tenían nada que ocultar entre ellos así como tampoco ante su Creador. La armonía era perfecta, el paraíso que habitaban era un lugar exquisito, lo tenían todo a su disposición, eran amos y señores de la creación cumpliendo con uno de los objetivos de Dios al crear al hombre: sojuzgar la Tierra y señorear sobre toda criatura. En palabras claras, ellos poseían el completo dominio sobre todo y lo ejercían cabal y responsablemente. Eran 2 personas que solo conocían las perfectas reglas de Dios las cuales obedecían de manera natural y sin titubear día tras día. Sin embargo, un visitante inesperado se hace presente en forma de serpiente, el tentador, incitando a la mujer a comer del fruto de un árbol el cual Dios había prohibido probar porque morirían. Era el árbol del conocimiento del bien y del mal, y la serpiente con su astucia, invita a Eva con las siguientes palabras:

…No moriréis; sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal.” (Génesis 3:4-5)

Este árbol es un símbolo que representa el desvío del hombre acerca de la decisión sobre la determinación de lo que es correcto y de lo que no lo es. Adán y Eva fueron engañados haciéndoles creer que tenían la capacidad de discernir entre lo bueno y lo malo, y como consecuencia, vendría el desastre de la separación de Dios. Con toda certeza, ellos se preguntaron: ¿Cuál es el sentido de depender de la dirección de Dios si yo sé lo que debo de hacer? ¿Para qué seguir bajo el ligero yugo del Creador si yo puedo decidir actuar según mi criterio? Si esto le parece exagerado, entonces considere el siguiente ejemplo. Suponga que usted es el dueño de una gran empresa, la cual ha creado y mantenido exitosamente a lo largo de mucho tiempo. Suponga también que contrata a un gerente quien comienza a hacer las cosas a su manera como si él mismo fuera el propietario, sin consultar ni informar respecto a las decisiones que toma. En pocas palabras, este nuevo gerente hace lo que le da su gana sin tomar en cuenta ni las reglas ni a usted que es el fundador de la empresa. ¿Acaso toleraría este comportamiento? Por supuesto que no ya que, por lo menos, sería una falta de respeto hacia su persona. Seguramente lo echaría y contrataría a alguien dispuesto a obedecer y respetar el reglamento. Esto es precisamente lo que sucedió con nuestros primeros padres, fueron echados de la gran empresa que administraban, la creación de Dios, y como consecuencia, todos los seres humanos hemos heredado el gen de la desobediencia y la rebelión. Pero no todo está perdido, porque Dios sigue buscando y premiando personas con el interés en sus estatutos, personas convencidas que Jesús es el camino, la verdad y la vida.

Consideremos ahora un caso contrario a lo que hemos hablado hasta el momento. El Rey Salomón iniciaba su gobierno y Dios le aparece en un sueño haciendo la pregunta que se describe a continuación:

“ Y se le apareció Dios a Salomón en Gabaón una noche en sueños, y le dijo Dios: Pide lo que quieras que yo te dé.” (1 Reyes 3:5)

¿Qué contestaría usted si Dios se le aparece en un sueño y le da la liberta de pedir lo que quiera? Salomón ya era el rey de Israel, tenía el control del gobierno, él era el soberano y máximo mandatario de una nación y su palabra era ley. Es fácil suponer una respuesta con cierto grado de egoísmo y altivez. Sin embargo, vea usted la declaración de Salomón:

Da, pues, a tu siervo corazón entendido para juzgar a tu pueblo, y para discernir entre lo bueno y lo malo; porque ¿quién podrá gobernar este tu pueblo tan grande?” (1 Reyes 3:9)

No cabe duda que el rey era una persona con un alto grado de humildad ya que reconocía su falta de capacidad para ejercer su poder. La clave en la respuesta es la aceptación respecto a la falta de criterio para discernir entre el bien y el mal. ¿Nota usted la diferencia con la postura de Adán y Eva? Ellos decidieron usar su propio entendimiento para resolver entre lo bueno y lo malo. Por el contrario, la solicitud de Salomón fue precisamente que el Señor le proporcionara la sabiduría para establecer dicha diferencia y no actuar según su propia determinación o juicio. El resultado todos lo conocemos, Salomón recibió la sabiduría de Dios y, como si esto fuera poco, riqueza y gloria en abundancia. La respuesta de Dios es la siguiente:

“ he aquí lo he hecho conforme a tus palabras; he aquí que te he dado corazón sabio y entendido, tanto que no ha habido antes de ti otro como tú, ni después de ti se levantará otro como tú. Y aun también te he dado las cosas que no pediste, riquezas y gloria, de tal manera que entre los reyes ninguno haya como tú en todos tus días.” (1 Reyes 3:12-13)

He aquí la diferencia de la obediencia y la desobediencia, he aquí la discrepancia entre tomar la justicia por nuestras propias manos o permitir a Dios actuar. Voy a concluir al estilo del profeta Elías con las siguientes palabras:

“¿…Hasta cuándo claudicaréis vosotros entre dos pensamientos? Si el Señor es Dios, seguidle; y si Baal, id en pos de él.” (1 Reyes 18:21)

¿Qué decisión es la que conviene? Lo dejo a su criterio aunque la respuesta es obvia.