“He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.” Apocalipsis 3:20

Al encontrarnos en situaciones difíciles y, aún más, en circunstancias donde el hombre no tiene soluciones a nuestros problemas, es común acudir a Dios y preguntar, ¿dónde estás Dios ahora que te necesito? Pensamos que Él está lejos, en algún lugar inalcanzable e inaccesible. Sin embargo, es todo lo contrario. El párrafo con que inicia este mensaje tiene la respuesta la cual se presenta a continuación paso a paso.

“He aquí” es una expresión que indica que hay algo que existe y que es real. No obstante, tiene la implicación especial de que eso que existe está delante de nuestros ojos y al alcance de nuestra mano. No hay necesidad de hacer ningún esfuerzo humano ni sobrehumano para obtenerlo, sino que está total y completamente a nuestra disposición. Es evidente, manifiesto y verdadero.

“Yo estoy a la puerta y llamo” muestra la cercanía a la cual se encuentra Dios. ¿Qué tan lejos está? Él está a la puerta, solo a un paso de nuestro corazón. Esto es tan cerca que no se puede más. Es tan cerca que está junto a ti. Por si esto fuera poco, Dios también está llamando como cuando alguien llega a tu casa y toca el timbre con la expectativa de ser atendido. Y esto, a su vez, involucra una espera. Si, Dios llama y espera. Entonces El Omnipotente, el Omnisciente, el Omnipresente, está a la puerta de tu corazón llamando y esperando. Alguien con infinita grandeza tiene el deseo de ser recibido.

“Si alguno oye mi voz”. Pero hay que estar atentos para escuchar el llamado. Usted está atento cuando pide una pizza a domicilio. Y no solo eso, sino que tiene también la certeza de que el mensajero llegará. Y todavía más, la saborea antes de comerla. Sin embargo, en este caso usted no tiene que esperar porque Dios ya está a la puerta aún desde antes de que usted le pida que acuda. Él siempre está llamando y en espera de ser atendido.

“Y abre la puerta”. Abrir la puerta es una acción importante porque involucra dar acceso al invitado. El hecho de dar el acceso es una decisión personal. Dios es respetuoso y no entra por la fuerza. Él solo accederá si usted se lo permite. Aquel que todo lo puede, que posee toda la fuerza y toda la autoridad, es al mismo tiempo tan humilde que permanece afuera, pero cerca y dispuesto, por si usted le permite la entrada. Pasamos la vida abriendo puertas. ¿Principalmente, a qué o a quién le abre usted la puerta? En otras palabras, ¿cuáles son sus prioridades? ¿Al dinero, a las telenovelas, a los sitios de entretenimiento en Internet, a la pornografía, al alcohol, a las drogas? De eso se llenará su corazón. Por otro lado, si usted le abre primeramente la puerta a Dios entonces se llenará de amor, gozo y paz.

“Entraré a él”. Dios es espíritu puro y los seres humanos poseemos un espíritu como parte de nuestra naturaleza. Es por esta razón que Dios puede entrar a nosotros y convertirse en nuestro huésped. Él es la fuente y nosotros el objetivo. Esto tiene enormes implicaciones ya que se convertirá en nuestro guía y consejero, en nuestra fuerza y fortaleza, en nuestro gozo y paz. El Omnisciente, el que todo lo sabe, siempre nos mostrará lo que es mejor.

“Y cenaré con él, y él conmigo” significa que se construirá una relación de confianza, de intimidad y de privacidad. Una relación personal en la cual habrá comunicación en 2 sentidos: tu con Dios y Dios contigo. Él te escuchará, te hablará y guiará por el único camino hacia la verdad y tu vida se tornará abundante. Asimismo, tú le escucharás, le hablarás, percibirás Su infinita presencia y obtendrás aquella paz en tu corazón que sobrepasa todo el entendimiento humano. Al recibir al Señor todas nuestras acciones girarán alrededor del verdadero amor y el gozo en la vida será inminente.

Así que, hermano mío, hagamos nuevamente la pregunta inicial: Dios, ¿dónde estás? Ahora la respuesta es obvia y clara: ESTOY JUSTO FRENTE A TI ESPERANDO QUE ME RECIBAS EN TU CORAZÓN.